Ella corrió lo más que pudo. No descansó un segundo. Atravesó el bosque, el pequeño arroyo, trepó una colina y corrió por las calles de tierra hasta que se encontró con la Iglesia.
En la Iglesia apenas comenzaban con la misa de tarde. Los presentes la observaban asombrados. Estaba descalza. Sus pies lastimados. Su vestido blanco sucio y maltratado. Su cara sucia y sus brazos embarrados. Se mostraba agitada y con lágrimas en los ojos.
Nunca nadie había visto a esa chica. Nadie la conocía.
La chica miró a todos y gritó: “Lo maté! Lo acabo de matar! No lo soportaba más! No podía seguir viviendo así! Perdón! Perdón! Pido perdón!” estalló en llanto y se desplomó abatida en el piso.
La chica se llamaba Isabel. Había corrido unos dieciséis kilómetros. La distancia que la separaba entre la Iglesia y la pequeña cabaña donde vivía. Con diecinueve años recién cumplidos había cometido el error más grande de su vida sin ni siquiera haber comenzado a vivirla.
Isabel trabajaba para el Rey Felipe VII. En el castillo se ocupaba de la vestimenta del Rey. El Rey contaba con su vestuario siempre disponible y en condiciones de ser usado en tiempo y forma gracias a la buena labor de Isabel.
Isabel no sólo respetaba mucho a su majestad sino que le temía por su forma de ser. Nadie veía comúnmente al Rey pero los que estaban cerca suyo lo describían como un ser repugnante. Era un malhumorado. Adicto al alcohol. De carácter muy fuerte y decían que su trato con la gente que lo servía no era del mejor. La Reina ya ni tenía relación alguna con él.
Isabel era una joven muy linda que una tarde de Abril sufrió los ataques de un Rey alcoholizado y enojado por los desprecios que vivía de la Reina. Éste abusó de Isabel y la violó en la habitación de servicio.
Isabel nunca más volvió al castillo. Se escondió en la cabaña durante los nueve meses de embarazo. Tuvo a un nene, a quien llamó Estanislao como a su padre. Quiso convencerse de poder criarlo como a un hijo digno. Pero los recuerdos de esa horrible tarde la acechaban día y noche. No pudo soportar la idea de tener un hijo fruto de una violación terrible. No podía mirar a Estanislao. No podía darle de comer. Ella no dormía hacía unos días y el bebé la atormentaba con su llanto sin cesar. No supo controlar la situación. No supo ni pudo. Y ahorcó a Estanislao hasta matarlo.
Isabel contó la historia en la Iglesia. Algunos la miraban como acusándola y otros veían en élla la desgracia en persona.
En la Iglesia intentaron contenerla. Pasaron unas semanas pero Isabel no aguantó su carga. Había sido víctima y victimaría por culpa de un ser despreciable.
Un día Isabel no aparecía. En el pueblo la buscaban y nadie sabía de élla.
En el castillo las noticias corrían. Isabel había asesinado al Rey y se había suicidado a su lado. Isabel no solo había asesinado al Rey sino que había asesinado a su padre biológico. Hizo justicia por mano propia y murió sin saber la verdadera historia. El Rey Felipe VII había violado a su madre. La que desapareció cuando Isabel nació. El Rey nunca supo que de esa violación nacería Isabel. Estanislao, quien crió a Isabel, era un herrero amigo de su madre. Algunos cuentan que la madre de Isabel enloqueció y falleció al poco tiempo de su nacimiento por exceso de alcohol.
En la Iglesia rezaron durante años por el perdón de Isabel.
La Reina donó toda su fortuna a la Iglesia.
Y hoy cientos de años han pasado de aquel episodio y aún parece que nada hemos aprendido de la Historia.
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