Nos conocimos de casualidad en un pequeño pueblo balneario.
Yo tenía diecisiete y vos un año menos que yo. Los dos en malla, y vos con tu bikini que se unía con un ojal de metal.
Mi familia veraneaba ahí. Y vos solo estabas de paso.
Eras una porteña avanzada y yo un chico de playa que se creía más de lo que era.
Tus ojos supieron dominarme. Y con ellos me fui por las nubes.
Tu forma de hablar. Tu caminar conmigo. Tu sonreir. Tu piel reseca del sol.
Ni siquiera te había dado un beso. Nunca me hubiese animado. No tenía el coraje para hacerlo. Vos me intimidabas con tus palabras.
Compartimos una semana. Suficiente para darte un lugar que jamás alguien volvió a ocupar. Desde el primer día supe que una semana no me alcanzaba. Y no me alcanzó.
Los cuatrocientos kilómetros que nos separaban siempre me parecieron miles.
El tiempo pasó. No dejamos de hablarnos. Siempre estuvimos.
Siempre el sentimiento de cariño estuvo presente.
Ya con veinte años, tres años más tarde, tus labios encontraron los míos. Apareciste en mi ciudad cuando más te necesitaba.
Mi locura por vos tomó carrera como si una inyección de amor se hubiese inventado.
Aunque siempre existieron las trabas que nunca supe evitar para dejar pasar lo que se tenía que dar.
El tiempo se tomó otro año para volver a encontrarnos. Ya con otras ideas en tu cabeza. Y yo en la mía.
Hace ya unos años que nos escribimos y nos hablamos pero no nos hemos vuelto a ver. Vos ya cumpliste los veinticinco y yo voy camino a los veintiséis.. ya a casi diez años más tarde de aquella primera vez que la vida nos cruzó.
Podemos estar meses sin saber nada el uno del otro aunque siempre algún gesto tuyo me basta para revivir lo que siento por vos.
La historia no se termina. Parece que continúa. Alguien tiene escrito el guión. Pero ni vos ni yo lo sabemos. Representas una etapa muy especial de mi vida. Solo se que te quiero. Y te quiero desde que era inocente. Y siempre te extraño aunque no te lo demuestre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario