viernes, 23 de julio de 2010

El otro yo insoportable

Hoy estoy en esos días en que la ansiedad me explota. Hay alguien dentro mío que me hace fuerza en el pecho como empujando para romper el esternón y salir corriendo hacia donde sea pero salir. Es raro, porque quiero controlarlo, quiero controlarme y el ambiente no ayuda. Me choco los muebles, alguna pared o el escalón y eso me levanta más aun las revoluciones. No a mí sino al que tengo adentro. Todo es acelerado. Estoy sentado y hago sonidos con los pies a la mayor velocidad posible. No termino de orinar y ya estoy apretando el botón, lo cual me lleva a apurarme a terminar antes de que se vaya el agua limpia. Me preguntan algo y contesto mal. Gritando. Salto como leche hervida. Estoy irascible. Respiro rápido y el corazón se hace sentir con sus latidos hasta en las muñecas. Me siento tan estúpido, tan imbécil por estar así por nada. O quizás sea por algo que no me esté dando cuenta. Lo peor de todo, es que al fin del día el cansancio es doble. Los brazos muertos de estar tensos todo el día. El balance de la jornada me muestra los errores en la cara como burlándose de mí. Como diciéndome qué tan torpe tenes que ser para no hacer las cosas de una manera más sencilla. De esa manera que puedo verla cuando todo ya transcurrió. Cuando el pasado es simplemente algo tallado en una piedra imposible de borrar, de cambiar. Un pasado que nos deja una enseñanza, una experiencia. Tal vez la vida sea un cúmulo de enseñanzas y experiencias con el que debamos aprender a vivir. Y lo entiendo. Salvo que a veces me harto de volver a cometer los mismos errores. Me generan una presión interna insufrible, una sensación de angustia, de fracaso, de furia, de querer tirar todo, de incendiar todo. A lo mejor, con el pasar del tiempo, de los años, esa presión disminuya. Los errores no creo.

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