martes, 20 de julio de 2010

Amarse sin amarnos.

Es difícil hacer una cronología de cómo fueron cambiando los valores en el amor en los últimos cien años.
Allá quedó el concepto de amor eterno, incondicional, de matrimonio para toda la vida, de proyectos a largo plazo, hijos y mucho más.
Todo se ha ido distorsionando a lo largo del tiempo hacia un liberalismo mejor o peor, dañino o no pero liberalismo al fin.
Hoy me encuentro en una situación que nunca hubiese imaginado.
Yo fui criado por un padre antiguo y una madre no tanto bajo reglas estrictas de exigencia, orden y responsabilidad.
Durante mi adolescencia había generado una idea de romanticismo que me había fascinado. Creía en el amor para toda la vida y soñaba con el matrimonio hasta los últimos días. Veía en el amor una fantasía que me llevaba a ser el Romeo de Shakespeare.
Con el tiempo, mi estilo romántico iba perdiendo éxito en la realidad que vivíamos y a pesar de las malas experiencias, mi principio seguía manteniéndose en pie.
De muy joven creía haber encontrado al amor de mi vida, un amor idealizado fuera de mis estructuras a fuerza de comprobar que el amor no debería ser siempre como uno lo imagina sino como llega y se da. A pesar de sobrevivir a situaciones amargas creía que todo iba a fortalecer la relación en la que había encontrado y por eso apostaba al matrimonio y amor eterno junto a esa persona que tanto había estado esperando. Creía haber encontrado – creía a modo de afirmación y no de duda- a la persona que me hacía retorcer el estómago y que lo haría durante toda mi vida.
Poco a poco, esa relación, al igual que un trozo de madera reseco por el sol fue desgranándose y empezó a convertirse en una situación de duda para mí y para mi futuro.
Todo esos sueños a lo grande y por cumplir fueron desapareciendo y el corazón que yo tenía se fortaleció a tal punto de convertir el terciopelo que era en una roca del paleolítico; fósil, áspera y fría. Los mismos adjetivos pasaron a ser la nueva descripción de mi corazón.
Es algo increíble como el corazón funciona. A veces llego a pensar que tiene un sistema que funciona aparte del cerebro. Que nada tiene que ver con él. Que piensa, asimila, reflexiona, sufre, siente y acciona.
Como quien dice “lo que no te mata te fortalece”. Pero en el amor, además te cierra, te convierte en un ser más ermitaño, mas defensivo, mas alerta y mas negado a sufrir. Como creando un sistema inmune al sufrimiento. Una coraza, un campo que intenta alejarte de lo malo acercándote a la felicidad temporal con quien, como o donde sea bajo el menor costo sentimental posible.
Al hablar de costo sentimental suena como si la cuestión en el amor fuese estudiada por la Economía. Pero sea tangible o no, el costo sentimental es sufrir, llorar, amargarse, decepcionarse, desilusionarse y muchos sentimientos más que juntos llevan a dejar de hacer, vivir o disfrutar hasta poder mejorar. Dejando de lado amistades, estudio, trabajos o vocaciones. A veces mejorar puede llevar horas, y otras puede llevar meses y años. Todo tiempo perdido a razón de una situación no deseada por causa de un desamor.
Todo este conocimiento adquirido me ha llevado a un nuevo concepto de vida. Un tanto egoísta pero satisfactoria. Con el dolor aprendí a cambiar prioridades.
La realidad que vivimos está fundada en una sociedad sin límites. Una sociedad alterada por enfermedades, por adicciones y por un ritmo de vida insostenible para la salud corporal y mental.
Una salud que tiene un tiempo de vida útil y que su longitud será de acuerdo a cómo la cuidemos. Yo ya he acortado demasiado la longitud de mi salud debido a las amarguras que he tenido que afrontar. Esta claro que hay personas que sufren más o menos que otras y que las circunstancias externas que nos va presentando la vida no nos afectan a todos por igual. De más estaría mencionar las que las amarguras no solo se dan por desamor. Pero el tema de este encuentro es el amor.
Remontándonos a la Edad Media, período transcurrido del siglo V al siglo XV, que realidad tan distinta a la nuestra vivieron aquellos seres humanos cuando el amor habría de ser algo tan fantástico, tan transparente, lejos del sexo y de la lujuria que hoy envuelven al amor contaminado de la actualidad.
En una conversación cotidiana, la nonna mía paterna se sorprendió al descubrir que hoy una chica de nuestros tiempos tiene más de un novio antes de contraer matrimonio. No comprendía qué pasaba con esa chica que el novio la dejaba. Sin siquiera imaginarse que una chica pueda llegar a dejar a su novio. Sin ir a un pasado tan lejano, allá por lo años 40 en la localidad de Atessa, provincia de Chietti, Italia cuando ella tenía apenas 18 años, la adolescente que había tenido un novio o que salía con algún hombre del pueblo era condenada a la soltería de por vida si llegaba a romper relación con ese hombre. Y se quedaba soltera de por vida, porque ningún otro hombre se fijaría en ella como mujer o madre de sus hijos. No había lugar para llegar a tener contacto con aquella mujer que ya había tenido una relación con alguien. Un hecho inexplicable e injustificable en nuestros días. Los extremos siempre son malos; “ni calvo, ni con dos pelucas” es una frase tan gráfica. Es decir, hoy en día sería una aberración que una mujer se casara virgen y también sería terrible casarse con la mujer del pueblo, con la que todos ya conocieron.
Pero está claro, que quien se case hoy en nuestros días, la gran mayoría ha experimentado con más de doce personas en promedio. Cuando digo promedio, las hay que se casan con solo tres experiencias y las que se casan con veintiocho. Cuando me refiero a las, me refiero a ellas, a las mujeres. Podrían tratarme de machista. Y sin embargo, avalo el lugar que se ha ganado la mujer en una sociedad patriarcal como esta. Aunque lamentablemente, ese lugar que se ha ganado la ha llevado a un nivel de independencia, de poder, de dirección que atenta contra el matrimonio, y en definitiva contra el amor.
Es complejo de explicar y complicado de entender. Uno se refiere de manera muy subjetiva cuando analiza el amor. Miente quien diga que puede ser objetivo.
Como anteriormente dije cuando hablaba del pensamiento de la nonna mía: “Sin siquiera imaginarse que una chica pueda llegar a dejar a su novio” es un concepto basado en la estructura de aquella mujer sumisa de los años 40. Al igual que élla, hoy de 87 años, todas aquellas jovencitas pensarían igual.
Metafóricamente hablando, en aquella época el hombre mediría unos seis metros de altura y la mujer alcanzaría los cuarenta centímetros si es que llegaba. Hoy ambos miden lo mismo y en algunos casos, la mujer mide tres metros y el hombre no alcanza los dos. Es por eso que la mujer ha adquirido un rol distinto, ha cambiado sus facetas.
De ama de casa a presidente de un país. Esto trajo consigo un cambio en el poder de ellas. Las mujeres de hoy toman sus propias decisiones y deciden de acuerdo a sus valores y prioridades. Lo cual, seamos realistas, antes no sucedía. Como si se hubiesen convertido en mujeres con mentalidad de hombre.
Esas mujeres con mentalidad de hombre ya no pueden formar una familia. Ya están más allá de cumplir el rol de madre educadora. Ahora existen otras prioridades. Claro que siguen existiendo algunas con la fantasía de cristal proveniente de aquellos viejos tiempos. Pero son contadas con los dedos de una sola mano.
La mujer de hoy tiene sus propias reuniones entre amigas, sale y bebe alcohol igual o más que los hombres, se emborrachan y tienen sexo casual con aquel hombre que parece ser la excitación del momento. Acaso no parece que estuviese hablando de hombres cuando digo que salen, se emborrachan y tienen sexo casual, como si nada, sin amor, por el mero placer de sentirse deseadas, de gozar y sumar.
Existe esa concepción de que el hombre cuando engaña lo hace por sexo sin interés alguno por esa persona porque en realidad ama a su mujer. Como así también se dice que cuando la mujer engaña, el problema es más grave, ya que una mujer solo engaña cuando tiene sentimientos hacia la persona con la que esta siendo infiel. De lo contrario, una mujer nunca sería infiel. Ganas de gritar me dan al releer el párrafo que acabo de escribir. La mujer de hoy ya no es así. La mujer de hoy puede amar o dice amar a su pareja pero también puede tener sexo con cualquier otro que la haga excitar sin la más mínima idea de terminar con su pareja actual ya que el sexo infiel solo sería de paso y su pareja valdría mucho más que eso. Es cruel pero real. Es extraño pero quizás es mejor. Es quizás mejor para la satisfacción personal, para la vida conyugal, para valorar a la pareja en algunos casos, para desahogarse en otros pero es quizás también una bomba de tiempo. Una bomba de tiempo en la mente de cada uno como a tal punto de sentir el reloj en cuenta regresiva a cada minuto de vida que pasa.
Ser madre es un oficio, es el valor más preciado que tiene este mundo, es la concepción divina de un nuevo ser, de una nueva identidad, de un nuevo integrante al mundo. Pero podría una mujer de hoy ser madre al igual que lo eran esas mujeres de antes? No hay comparación. Las mujeres de antes eran madres con todas las letras, madres en serio, madres comprometidas, madres que traían un ser al mundo, que se dedicaban a la crianza, a la educación. Muy lejos está de ser madre la mujer moderna. Traen hijos al mundo por accidente, por error, por no haberse cuidado, ni siquiera son deseados. Resultan una carga para sus vidas y hasta terminan siendo una excusa perfecta para solventar su economía al momento de la separación. Ni siquiera el hecho de pasar a ser madres funciona como quiebre para dejar de ser adolescentes y pasar a ser adultas con las responsabilidades que eso implica. Pensar que antes una mujer, se pasaba una vida buscando al hombre de su vida, a su amor eterno, al padre de sus hijos.
Todo esto, es mas leña para un fuego que no deja de arder y que cada vez consume más. Un fuego que abraza a la pérdida de valores, de principios, de códigos, de estructuras, de tradiciones, de culturas y lo que es peor, la pérdida de la vida.
A veces, como si nos olvidáramos de todos esos conceptos que ya conocemos, creemos en la existencia de esa mujer antitesis a todo los que nos rodea. Creemos que solo hay que buscarla y buscándola la encontraremos. El punto no es encontrarla, sino buscarla. Y ya estamos hartos de buscar, ya no queremos buscar más. Y aquí nace el quiebre de una sociedad. Aquí nace el egoísmo en el que nos encontramos inmersos. Todos ya hemos dejado de lado el sacrificio que implica convivir. Ya nadie quiere afrontar el sacrificio de ceder, de aceptar, de compartir. Cansados de disgustos, de malas experiencias, de tragos amargos, en nuestra escala de prioridades pasamos a encontrarnos nosotros mismos en primer, segundo, tercer, cuarto y quinto lugar. Algunos pueden llegar a encontrarse hasta en el décimo puesto y de ahí en más el resto. Es difícil de creer que con seres así la sociedad pueda prolongarse en el tiempo. Imagínense una sociedad de seres individualistas y egoístas. Cada uno en su mundo, con sus proyectos y ambiciones lejos del concepto de matrimonio y muchos menos de familia.
Entonces, es cuando el amor termina siendo solo un juego. Un juego con muchas reglas aplicables y no, compatibles, ambiguas, algunas sanas, otras no tanto. A veces, resulta divertido y otras ni cerca está de serlo. Se juega de a dos, aunque sucede que a veces pueden presentarse terceros en discordia. Pueden darse a conocer o puede que no los conozcas nunca y sigas jugando sin sospechar lo más mínimo. Cuando el juego resulta sano, puede ser aburrido. Y cuando se pone enfermizo, parece que tiende a ser divertido.
Es un juego sin coherencia ni previsibilidad y de pronóstico reservado. Algunas veces intentamos ceder parte de nuestras estructuras dando lugar a ciertos comportamientos del otro jugador con el propósito de seguir el juego. El otro jugador puede tomar la categoría de oponente en algunos casos y de compañero en otros. Cuando es compañero, en un tiempo muy corto uno de los dos jugadores cambia de rumbo. No existe Juego de Amor que dure cuando ambos son compañeros. O uno pasa a ser oponente o ambos dejan de jugar al Amor. Cuando es oponente, el juego, al que llamamos Amor, se torna una guerra. Una guerra con sabor. Una guerra adictiva. Una guerra distinta a la que comúnmente conocemos. El objetivo no es vencer al oponente ni matarlo sino poseerlo. Y para eso cada uno de los jugadores pone en juego sus estrategias para atraer al otro. Algunos son celosos, otros celan, algunos son fieles, otros infieles, algunos protegen, otros descuidan, algunos respetan, otros ni ahí, algunos son cariñosos, otros muy fríos, algunos son civilizados, otros son bárbaros, algunos son nómades, otros sedentarios, algunos siembran, otros son generosos, comparten, algunos halagan y otros critican. Nadie que no pertenezca al juego está en condiciones de juzgar a los participantes del Amor. Los de afuera pueden suponer, creer, aconsejar, afirmar y hasta dar sentencia de lo que habría que hacer pero nada de lo que den por hecho podrá tomarse como válido. Sólo los participantes saben del juego que están haciendo. Sólo ellos saben cómo lo están jugando. El juego del amor es ilógico, irracional. Ni los mismos jugadores pueden saber a donde llegarán o cuando se terminará.
Las mujeres serían mucho más fáciles de comprender si portaran un Manual de Uso. En el cual se encontrarían todas sus especificaciones técnicas, exteriores, su diseño, sus colores. Podríamos estudiar qué hacer y que no en determinados momentos. Pero tan complejas son, que aún así, sabiendo todas sus características y reacciones posibles, seguiría siendo difícil complacerlas. Pero se hace difícil porque ellas lo hacen más difícil de lo que es. Si le decís: que linda que estas, te va a contestar: vos lo decís porque me queres. Si la llamas o le escribís, sos un pesado. Si no la llamas ni le escribís, no le importas. Si la buscas, te descarta. Si piensa que no tenes interés en ella, muere por vos. Si no le avisas, haces lo que queres. Si le avisas, ella te dice que hagas lo que quieras. Si queres hacer un viaje con ella, parece que es demasiado pronto. Y si queres hacer un viaje con tus amigos, estas siendo egoísta. Si vas a comer siempre al mismo lugar, porqué no innovas. Y si cambias de lugar, no se por qué no fuimos al lugar que vamos siempre. Si salis, para qué salis y si no salis, porqué. Si te emborrachas sos un asco y si no tomas sos un aburrido. Es como una ley inversa.
Por eso y lamentablemente, los hombres debemos ser mezquinos con ellas. Nunca demostrarles más del cincuenta por ciento de lo que sentimos. Nunca hacerles saber que vamos a estar ahí para siempre. Como si fuese otras de las condiciones del Juego del Amor. Los hombres, cuando nos cegamos al Juego del Amor nos brindamos enteros. No dejamos nada guardado. Ni queremos arrepentirnos de haber dejado algo sin hacer o intentar. Pero eso no funciona con ellas. La mujer de hoy descarta al hombre cuando sabe que éste está a sus pies. Es como si pasara una línea límite. El hombre a sus pies pasa a ser un trofeo para ellas. Un trofeo como muestra de poder antes sus pares.

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