Esa historia ya tuvo su momento.
Nació porque tenía que darse.
Fue creciendo con el tiempo.
Con altibajos se fue desarrollando.
Pero de cierto modo llegó a su fin.
Algunas duran algo más que otras.
De nada sirve cuestionar lo que ya pasó.
Todo lo que se hizo fue voluntario. Y nadie nos obligó a nada.
Qué sentido tiene ponerse a analizar lo que sucedió.
Para qué ponerse a atar cabos y llegar a conclusiones que sólo pueden lastimarnos un poco más de lo que ya estamos.
Para qué perder el tiempo pensando un una buena frase que pueda herir a la otra persona de manera tan profunda que llegue a arrepentirse de todo lo que hizo. Eso nunca ocurrirá.
Para qué desearle el mal.
Para qué tratar de encontrarle una explicación a lo que está a la vista.
Por qué echarle la culpa a terceros que nada tienen que ver con el verdadero motivo de fondo.
Para qué querer recuperarla si no habíamos recibido mejor favor hasta entonces que haberla perdido.
Para qué tratar de buscar lo que ya no vale la pena.
No hay forma de cambiar lo ya transcurrido.
Las etapas que se cierran deben quedar cerradas.
Claro que nadie piensa en dejar el barco hundido.
Tampoco nadie se queda a dormir bajo la lluvia.
Y nadie deja que el granizo nos destruya.
Todos luchamos hasta agotar las alternativas posibles.
Vivimos de la esperanza y por ella es que creemos en lo que hacemos.
Pero debemos aprender a superar lo que se termina.
El mundo sigue girando y mucha gente que nos quiere nos sigue esperando.
Por esos que nos quieren en serio tenemos la obligación de seguir brillando.
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